Málaga y el encanto de las pequeñas cosas

Por | 8 enero, 2016 | 0 comentarios

Hay un libro de un tal Philippe Delerm de título elocuente: El primer trago de cerveza. No se refiere a ese trago iniciático de la adolescencia, sino al placer que sobreviene cada vez que acercamos nuestros labios a un vaso de cerveza bien fresca. En Málaga se puede experimentar esa sensación sumergiéndose en sus múltiples encantos, desde degustar unos boquerones en vinagre, el pescado más típico de la ciudad, o con cualquiera de sus vinos con denominación de origen Málaga, aunque el más popular es el moscatel, apetecible a cualquier hora.

Una versión local del citado autor francés titularía su libro El primer tejeringo. Y es que esa especie de churro estrecho, menos pesado que los convencionales, puede contribuir a empezar el día, o a terminarlo, según el horario de cada cual, de la mejor manera posible. Como, ya en otras texturas y sabores, la concha fina, un sabroso molusco muy asequible de precio, que se come vivo, con sal y un chorrito de limón, que es puro sabor a mar. Una ostra proletaria, popular, podría denominarse, que se revuelve sobre su concha cuando el ácido cae sobre su carne.

También con sabor a mar, no hay malagueño que se precie que no valore el gazpachuelo, una sopa a base de caldo de pescado, almejas y arroz, con un toque de mayonesa y gotas de limón. Considerada la sopa más malagueña, se puede disfrutar en restaurantes como El Candado Golf, Juanito Juan o El Tres. Más densos o más ligeros, eso ya según las preferencias de cada chef.

Pero si hay un reclamo gastronómico con adeptos en Málaga es el del espeto de sardinas. Consiste en una manera de asar las sardinas, trinchadas sobre un palo vertical o espeto, al fuego lento de las maderas de olivo y con sal gorda. Se suelen preparar a pie de playa y hacen las delicias de forasteros y locales, que las devoran con las manos y a dos carrillos. Luego está el pescaíto frito, que también se come con las manos: boquerones en manojitos o al limón, calamaritos, salmonetes, pintarroja, rosada en adobo… y una buena cerveza fría para alcanzar la plenitud.

En Málaga, el placer llega por la intensidad de sus sabores, pero también por la sensualidad del flamenco, una de sus expresiones artísticas más arraigadas. Fandangos, verdiales, jaberas, malagueñas… y otros cantes que se pueden conocer en su vivo y en directo en peñas y tablaos flamencos de toda la vida, como la de Juan Breva, una de las más antiguas de España.

Estímulos para que el viaje cale en la mente y que nos deje una sensación en el cuerpo parecida a la felicidad. Como la que podrás encontrar en cualquiera de las 200 habitaciones de lujo que el Gran Hotel Miramar ha diseñado para ti, con unas líneas sobrias pero cálidas, con toques arábigos que huyen de lo impersonal. De ellas, 28 son suites, imperiales y reales, y todas hacen honor a esa raíz etimológica de la palabra Málaga, del griego malakos, que quiere decir suave, como lo son las temperaturas de esta ciudad del sur. Las habitaciones más afortunadas ofrecen unas arrebatadoras vistas al mar que merecerían una evocación en una segunda parte del libro con el que abrimos este texto.

Eso, por no hablar de los efectos en cuerpo y mente de nuestro spa de lujo.

Situado en la zona de La Caleta, el Gran Hotel Miramar se separa levemente del bullicio para, sin dejar de estar perfectamente comunicado, ofrecer un aire de retiro y espacio. A cinco minutos de los principales museos de la ciudad, como el Picasso, Carmen Thyssen, Museo Ruso y Centro Pompidou Málaga y entre dos paseos relajantes como el de Reding y el Marítimo.

Los pequeños pero fundamentales placeres de la vida no están en el aire. Basta con saber mirar e ir a por ellos.

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